09 diciembre 2011

Que siempre sí

Oh la vanidad, el pecado favorito del mismísimo demonio colorado, según lo acepta al final de la película “El abogado del diablo”. A veces un extra o falta de dos o tres milímetros de carne, cartílago o hueso hacen la diferencia. A veces hace falta como kilo y medio. Desde luego, la apariencia sí importa. Que siempre sí.

Y es que desde que vi a Stana Katic en el papel de la detective Kate Beckett se me hizo injusto que en una sola mujer se conjuntaran belleza, inteligencia, carisma. Pero siempre no, la perfección solo existe en la mente de uno. En la vida real, siempre hace falta algo. O sobra algo. En el caso de Stana Katic, apenas un par de milímetros de cartílago, carne y piel, sobrantes de su nariz para hacerla perfecta.
Aquí les pongo la comparativa del antes y el después. Realmente es muy poco el material retirado, creo, pues no soy un médico cirujano. Pero ese poco hace la diferencia. La diferencia entre salir de extra en las series de televisión y ser la protagonista. Así que ¿Cuántos y cuántas con una pequeña extracción alcanzan la perfección? Perfección y no. Perfección según mis estándares, y seguramente la de muchos más. Pero en realidad no existe una medida universal de perfección. Para algunos es digamos, Sandra Bullock.

Tomada de http://www.youtube.com/watch?v=BZbWJ4fJ4Og al 1:06



Las personas se relacionan con nosotros según nos ven. Pero increíblemente no estamos hechos para “autovernos”. Tenemos indicios de cómo nos perciben los demás, por la manera en que interaccionan con nosotros, esto es, de manera indirecta. Y no es hasta que preguntamos (y casi siempre no lo hacemos), que sabemos con mayor exactitud que sentimientos les provoca nuestra presencia.
Esos kilos menos, esos milímetros de más o de menos, hacen la diferencia. Pero esos kilos o milímetros de más o de menos no afectan los procesos psicológicos internos. O no deberían. Pero la realidad es que si afectan, no de la manera en que afecta el parkinson al cerebro, pero si por la forma en que nos tratan los demás. Esos extras o sobras hacen que los demás nos traten con preferencia o que nos eviten con preferencia. Pero lo que uno piensa, al principio, no se encuentra determinado directamente por el físico de uno, aunque después si afecta, porque reaccionamos a las reacciones que le provocamos a los otros.
Esto tiene que ver con el autoconcepto y en general con la autoestima. Nuestra autoestima se encuentra determinada en gran medida por las reacciones de los demás. Aunque dependiendo de las experiencias y el autoconocimiento, podemos hacer que nuestra autoestima dependa cada vez menos de los demás. Eso nos acerca más a la vida de un ermitaño. Así que como dice el dicho, no hay hombres ni mujeres feas, lo que hay es una carencia de efectivo.
Con efectivo, no tienes necesidad de trabajar y sin necesidad de trabajar tienes tiempo extra para hacer ejercicio y bajar esa grasa extra. Con efectivo puede hacerte todas las cirugías que puedan acercarte a la perfección. Ser amado, deseado, nada mas por cómo te ven los demás. Una fantasía recurrente que tengo, es tener la habilidad de un shapeshifter (un cambiante, metamorfo, un ser humano capaz de cambiar de forma, tomar la forma de un animal o de otra persona) y cambiar mi forma, para ser un Brad Pitt (captan la idea) y ver la reacción de los demás. Porque mis procesos mentales no cambiarían. Al menos eso creo.

09 octubre 2011

El niño de la foto

Hay un pequeño niño que me causa mucha, incontenible, envidia. A pesar de tener mucho de conocerlo, no recuerdo exactamente cuando le fue tomada esa foto. Esa mirad franca, sin malicia (eso creo, eso espero) y su sonrisa, no de comercial de dentífrico, sino una sonrisa, sencilla, también franca. Y ese corte, cabello lacio, peinado “despeinado”, si me captan.
Por más me devano los sesos, no logro entender porque está feliz. ¿Cuántos años tiene en esa foto? ¿6, 7, 8 años? No lo recuerdo. Tengo enmarcada esa foto en mi cuarto, en ese pedazo de espacio terrenal que puedo considerar como mío, aunque todo mundo sabe que uno nada tiene, todo es temporal. Algún día, tarde o temprano, ya no podré reclamar eso que considero como mío. Está bien, lo acepto, es mío, aunque en realidad no lo sea. Espero me entiendan.
Cada vez que estoy en mi cuarto, que no es de siempre, porque mi cuarto, no es donde vivo, o para ser más precisos, donde paso la mayor parte de mi vida. Es más bien el sitio donde voy a lamer mis heridas, a donde me oculto mientras planeo que lo que sigue, es el sitio al que acudo cuando no tengo donde más ir. Ahí, en ese espacio, no muy grande, donde guardo mis más preciados tesoros, muchos de los cuales no tienen más valor que para mí. Eso está bien, porque nadie los desea tanto como yo, luego entonces, están muy a salvo. Excepto que ocurra algo así como un incendio o un terremoto acabe con mi cuarto. Pero vaya, las probabilidades de que eso suceda, bueno, es más probable que muera a que ocurra un escenario como el planteado.
Al mirar el semblante de ese niño me pregunto si todos los niños, en algún momento de su vida, lucen tan felices como el niño de la foto. Lo pienso y determino que no es así. Porque de otra manera el mundo sería más feliz, en términos generales. Espero me sigan. Porque si todos los niños en algún momento de su vida fueron felices, esa felicidad les debería alcanzar para hacer de este mundo un mundo menos infeliz.
Ese niño y su mirada feliz y sin preocupaciones me desconcierta. Nadie más en el mundo debería saber que pasaba por la cabeza de ese niño en ese instante de su vida. Nadie más porque esa imagen pertenece a mi cada vez más lejano pasado. Ese niño fui yo hace mucho tiempo. Si esa foto no existiera dudaría mucho de que alguna vez fui feliz. ¿Saben? Tengo un problema con el pasado y las añoranzas, porque siempre que me involucro con la retrospectiva me siento mejor. El pasado, para mí, ha sido mejor. Los tiempos pasados son mejores que el presente. Soy un hombre que vive en el anhelo. El anhelo, en la concepción psicológica, es el deseo de volver a vivir una etapa, donde se obtuvo gran placer, que lo recuerdas o tienes indicios de lo bien que te sentiste, pero que es imposible que lo vuelvas a tener (y tienes la certeza de eso).
Un poco difícil imaginar sin un ejemplo, y por ejemplo, yo tengo un anhelo de volver a ser feliz como ese niño. Pero es imposible que vuelva a sentir esa felicidad. Tan imposible que ya no la recuerdo. Solo tengo esa foto, donde sin duda alguna fui feliz. ¿Y por qué es imposible que vuelva a sentir esa felicidad? Por una razón de realidad temporal: ahora soy un hombre. Nunca más en toda mi existencia volveré a ser un niño. Luego entonces jamás en mi existencia volveré a sentir la felicidad de ese niño. Eso es, en ejemplo, el anhelo. Desear algo que alguna vez tuviste, pero que tienes la certeza que jamás volverás a tener.
Así pues, cada que veo a ese niño, que alguna vez fui yo, me pregunto ¿De qué era feliz? No me siento especialmente atraído por las fotos. De hecho, tengo muy pocas fotos mías. Desde luego, la necesarias en esta sociedad: Las fotos del la cartilla militar, de los diplomas y demás documentos escolares, las fotos de las credenciales del trabajo, la foto del ife. Y no mucho más. Fotos mías, casi las esenciales.  Por ahí me encontré, buscando en el face o el hi5 de una excompañera de la universidad, una foto grupal. Ni hablar, no soy tan antisocial como me leo. Curiosamente en esa foto estaba contento. Y como no, ese día estaba al lado a una mujer, bueno, en aquella época, una joven mujer, que quise mucho. Ni siquiera la guarde en mi computadora. ¿Para qué? ¿Para qué años después le pregunte al joven de esa época de que estaba contento? Con la sinrazón del niño tengo para tener insomnio.
Si comparan la foto de mí, de cuando era niño, y me vieran ahora, en mi etapa de hombre, no me reconocerían. Se los juró, porque ni yo me reconozco. La mirada del niño es franca, sin odio, hasta un poco dulce, me parece. Yo miro con desconfianza, analizando a mi interlocutor, buscando, intentando encontrar que es lo que realmente trama, buscando una posible fuente de agresión. Y casi siempre estoy errado. Paranoide, diría un psicólogo.
Tal vez el de la foto no soy yo, sino un hermano mío. Le pregunte a mí mamá si estaba segura que el de esa foto soy yo, después de todo, está enmarcada, ocupando la parte frontal a mí escrito, donde escribo casi siempre y aunque quiero mucho a mis hermanos, no tendría la foto de ellos en ese lugar. Eso se me haría muy raro. Además, para serles franco, yo no enmarqué ni puse la foto ahí donde está. Eso lo hizo mi papá. Raro, porque no es su estilo.
Mi mamá me respondió con otra pregunta “¿Te sientes bien? ¡Pues claro que eres tú! ¿Quién más podría ser?” Hummm, pues sí ¿Verdad?, ¿Quién más podría ser? Así pues, a menos que mi propia madre confabule en mi contra, no hay vuelta de hoja, ese niño solía ser yo hace, me parecen, eones de años.
Así que últimamente le he preguntado a ese niño la razón de su felicidad, que me comparta un poquito. Y como todo niño caprichudo, se niega a contarme su secreto.
¡Lo más increíble es que ese niño soy yo!

18 septiembre 2011

No me gustan los zapatos nuevos


Es que lucen tan inmaculados, limpios, sin estrías, bonitos los condenados. Pero pues de tanto uso, hay que cambiarlos. No soy un fanático de las compras y menos de comprar zapatos. Por ejemplo, mis tenis, solo tengo dos pares, el mas nuevo adquirido hace como tres años, y esto porque los mas viejos, los cuales no me acuerdo hace cuanto que los tengo, pues nada más no se acaban. Y es que hace mucho que no tengo un uso rudo para los tenis.

Compre el par mas nuevo porque ya me había aburrido de tener solo un par y también porque de vez en cuando, hay que lavarlos. Además, ya casi no los uso, mas que los fines de semana y días de asueto. Pero la principal razón de adquirirlos, es que estaban de oferta. No es que sea un codo, pero la verdad es que considero que los precios de los tenis/zapatos de moda es muy alto, y sirven para lo mismo.

Me he vanagloriado, con mis compañeros de trabajo, que por un par de los que ellos compran, yo compraría tres. Y así ha sido, hasta el fin de semana pasado. Y es que así como adquiero tenis, adquiero zapatos. Los cuales me duran hasta más tiempo. Es decir, aunque los uso mucho mas, porque es parte de mi indumentaria de trabajo, y trabajo los cinco días de la semana, pues se acaban con mayor rapidez, pero con la diferencia, con respecto a los tenis, que les pueden mandar a cambiar las suelas. De esta manera, la vida de un par de zapatos mios, es muy alta. Pero esta vez, mis tres únicos pares ya fueron remendados cuando menos dos veces, cada uno de ellos.

Además, un par ya tiene una “herida” al costado, todavía pequeña e imperceptible a simple vista, pero cuando el suelo esta mojado, suele trasminar. Los tres pares, por otra parte, ya requieren otra “vulcanizada”, la enésima. Así que mejor opté por jubilarlos, ya han dado mucho de sí. Con esto en mente, y con mi sencilla idea de ir a la zapatería, escoger un par, tomar la medida correcta, pagar y salir, me fui de compra de zapatos de vestir. Antes de esto, sólo por curiosidad, veía los aparadores y los modelos de zapatos para hombres, no muy caros, y pensaba, cuando tenga que comprar unos nuevos, va a ser bien fácil, hay muchos modelos que me gustan y a que precio. Se ven igualitos a los que llevan los compas de trabajo, y a un precio mucho menor.

Pero no, no es así de fácil. Resulta que todos esos zapatos tienen suela de plástico. Yo digo que el plástico solo luce bien en los senos de las mujeres. No vasos de plástico, no cubiertos de plástico, no platos de plástico. Hugs! Una comida decente comienza con cubiertos/platos como mandan los cánones, no de plástico. Pueden ser de barro, de vidrio, de aluminio, pero no de plástico. Lo mismo para los zapatos. La suela debe ser de cuero, que se oiga el paso de uno. Y no pues que a la “gente” ya no le gustan los zapatos de cuero, que porque son muy resbaladizos.

Diré que, para ponerlos en contexto, en mi búsqueda de zapatos me dirigí a todas esas tiendas de clase trabajadora, es decir, los que venden zapatos marca “tres hermanos”, “flexi”, y otra serie de marcas que no me acuerdo como se llaman, pero cuyos precios me parecen accesibles. Pero no manejan los zapatos de suela de cuero. Bueno, en realidad si manejan, unos cuantos modelos, todos bastante feos, y caros. ¿Qué tan difícil puede resultar tener zapatos lisos, negros, de agujeta, con suela de cuero? ¡Por favor, son zapatos negros, creo que es el color de como el 80% de los zapatos! !Lisos, no garigoleados, no con “grumitos”, lisos¡ Pues no existen este tipo de zapato en las zapaterías de “perrada”.

Ni hablar, necesitaba mis pares de zapatos para sustituir los actuales. Y ahí voy, para el centro comercial, de esos que tienen su Liverpool, Sanborns, Italiannis, etc, a sabiendas que tendría que pagar, aproximadamente tres veces más de lo que tenía planeado gastar originalmente. A la primer zapatería “nice” que me dirigí encontré lo que buscaba: zapato negro, liso, de agujetas y con suela de cuero. Sencillo, caray, sencillo. Salí con un dolor de codo que no tienen idea, eso sí, con tres hermosos pares de zapatos negros, dos pares lisos, un par con grequitas, así chiquitas, muy discretas, los tres de agujetas, los tres de suela de cuero, los tres pares tres y medio veces más caros que mi presupuesto original.

Ahora los veo ahí, ocupando el lugar de mis viejos zapatos negros, los cuales eran, lisos, negros, de agujetas y con suela de cuero; tan lindos ellos, tan inmaculados, tan propios, que no me los quiero poner. Por eso no me gustan los zapatos nuevos, porque nunca jamás volverán a verse, una vez que los use, como cuando eran nuevos, no importa que les pongas su horma, no importa que los lleves con el mejor bolero que puedas encontrar, su belleza comenzará a decaer con la primera puesta.

En fin, espero que sean tan nobles y aguantadores como mis anteriores tres pares de zapatos. Negros, lisos, de agujeta y con suela de cuero, como mandan los cánones. Curiosamente, un par de ellos, es de la misma marca que un par de los que ya tenía. No recuerdo donde los adquirí. Porque mis zapatos nuevos, son de tienda “nice”, sólo ahí puede encontrar lo que buscaba.

01 septiembre 2011

El proveedor

Sueños lucidos. Tercera visión

- “Vamos, vamos, pinchi camión tan lento”
- “Mejor le llamo al 'guajirito', ese cabrón esta bien loco, no vaya a ponerse de malas”
- “Que onda, ¿Ya estás?”
- “¿En el mercado?”
- “Ok, ya voy”
- “Ahí esta este pendejo”
- “Este wey, si se trata de no llamar la atención. Pinchis tenis y sudadera blancos. ¡Se hubiera comprado también unos pantalones nuevos!”
- “Que tranza, mi guajirito, ya estoy”
- “Y que, ¿Ahí a estado el pendejo ese?”
- “Y no se ha fijado en ti”
- “Simón, pues crees que soy pendejo o que. Mira”
- “Pus creo que sí, yo no la he disparado. Así me la dio el 'azote'”
- “Uta, a ver a que hora se le ocurre a este wey moverse de aquí”
- “Pinchi guajiro, ya se esta poniendo pendejo otra vez”
- “¿Aquí, con toda esta gente?”
- “¡Mierda! A este cabrón no le tiembla el pulso, pobre tipo, ni tiempo le dio de siquiera gritar”
- “Guácala, mucha sangre...”
- “Que onda, nos vamos o que”
- “¿Seguro que no sale de ésta?”
- “Chingas a tu madre, pendejo. Si no trajeras la pistola...”
- “Pues hay que llegar con el 'azote' allá en chilangolandia. Aquí esta tu boleto”
 
*Inspirado en un sueño

El sicario

Sueños lucidos. Segunda visión

- “Que pedo, si aquí estoy, en la primer columna del mercadito, sí, entrando por el palacio municipal”
- “Apúrate, aquí te espero”
- “A que vato tan modoso”
- “¿Qué le habrá hecho al patrón?”
- “Con el varo que me dieron por adelantado, me compre varias cositas, je je je”
- “Tenis y esta sudadera, ya me hacian falta”
- “Esta bien chingona”
- “Este pinche pueblucho de mierda, me da harta hueva”
- “Aunque es un bonito lugar para morirse. Al menos no esta tan gris, como el de efe“
- “Hasta eso, el día esta bonito. ¡Suertudo, el galán!”
- “Espero que el tozudo no se tarde tanto”
- “Pinchi gente, ¿Qué tanto me ve?”
- “Me voy a subir el gorrito, no vaya ser salga por ahí en una foto”
- “Hasta que llega este cabrón”
- “Que pedo, pinche toz, ya mero no llegas”
- “Sí, ahí ha estado como media hora, como que ve a todos lados, como que quiere comprar algo pero no se anima.”
- “Nel, no creo que me haya licado. Te digo, anda como ido”
- “Que onda, traes el 'cuete'”
- “Ok, esta probada, ¿Verdad?”
- “Mmm solo dos tiros, con uno me basta”
- “Ni hablar chato, de hoy no pasas”
- “Ya me cansé de esperar. Se me hace que de una vez acabamos el 'trabajito'”
- “Sí, ya, pásamela”
- “¿A dónde vas?, conejo blas”
- “Je je je, ¡Tiro limpio!”
- “Puta, hasta parece que le pase cuchillo”
- “Sí, ya vámonos, este wey no sobrevive de ésta”
- “Que sí, chingada madre. Si en lugar de desmayarte como la mariquita que eres, la vez de nuestro 'primer encargo' sabrías que esa cantidad de sangre en el suelo es muerte segura”
- “¿Para qué corres?, la gente ni se va a acercar a nosotros, ni a ese wey”
- “¿Quién nos va a dar el resto de la lana?”
 *Inspirado en un sueño

El sentenciado


Sueños lucidos. Primera visión

- “Hace mucho tiempo que no venía a este pueblito, a este mercado”
- “El tiempo parece detenerse, bueno, no tanto. Lo que cambia es la ropa, las caras, pero el movimiento, el ajetreo del mercado, ese no cambia”
- “Las marchantas siguen poniendo sus productos en el suelo, como hace 20 años que vine”
- “Ahí están los aguacates, las fresas ¡Hasta los cajenecuiles! ¡Años sin verlos!”
- “También esas latas de sardina ¿Cúal era la media? Ah, sí. Cuartillo. Je, un cuartillo de frijol, un cuartillo de maíz nixtamalero. La medida es al ras de la lata de sardina, de esas latas ovaladas.”
- “Incluso la ropa de las marchantas sigue sin cambio, esas faldas negras abultadas, y sus listones en el cabello, en trenzas de prodigiosa forma”
- “Mucho ajetreo, pero en calma”
- “Quiero decir, esto es un mar de gente, todas en movimiento, comprando regateando, platicando”
- “Pero están en paz”
- “Los únicos que no parecen en armonía con el cuadro general, son esos dos chavo de allá”
- “Sobre todo el de la sudadera blanca”
- “¿Para qué se pone la capucha? Y esa sudadera parece recién salida de la tienda. ¡Hasta brilla!”
- “Si la finalidad es pasar desapercibido, no lo esta logrando”
- “El otro chavo si podría confundirse con toda esta gente”
- “¿Cuantos años tendrán? ¿Quince, diez y seis años? Aunque su rostro, ese refleja otra edad. El cansancio de sus ojos, la vejez adelantada, miran sin vida. Yo he visto esa mirada antes. La he visto en drogadictos, de esos que se mueren en el vicio. Pero también la he visto en...”
- “¿Qué le esta dando al chavo de la sudadera? Esa cosa negra, es...”
- “¡Chingada madre! Me volteo lo más rápido posible, los chavos quedan fuera de mi línea visual. Todo parece ir en cámara lenta ¡Chingao, muévete más rápido!
- “Y entonces escucho, más bien, siento un aguijonazo en mi cuello y luego, ahora sí, escucho un tronido seco, apagado, pero fuerte”
- “¡Es una bala! No la veo, claro, pero es eso. Una bala que sajó mi cuello”
- “Escucho un fssssss... ¡Es mi cuello que sangra por la yugular! No veo la sangre, tampoco siento dolor, pero estoy seguro que me estoy desangrando. Casi no escucho, es como si estuviera sumergido en una alberca. Los sonidos están apagados, se oyen muy lejos y silenciados”
-"Mis piernas se doblan, no obedecen a mi voluntad. Siento que caigo muy lentamente"
- “Tampoco puedo mover mi cara. Ahora estoy a nivel del piso. Sólo veo pasar muchos pies y piernas. Pero no se acercan mucho a mí”
- “No quiero respirar, porque cada respiración siento como el fsssss suena y suena”
- “Cada vez siento menos fuerza en el fssss”
- “Tengo mucho miedo, no de la herida, no del dolor, que sigo sin tener. Tengo miedo de morir”
*Inspirado en un sueño

31 agosto 2011

Mi lamparita

Hace muchos, pero muchos, incontables años, tuve un regalo muy apreciado por mí. Era una lámpara tipo lápiz. Más bien gorda, no tan delgada como un lápiz y más bien tipo pluma, porque tenía el asa para llevarla en la camisa. Me lo dio mi papá no recuerdo si porque yo se lo pedí o se le hizo que iba a entretenerme con ella. Vaya que me entretuve con esa lamparita.
Como fue hace mucho tiempo, no estoy seguro que el recuerdo que de ella tengo sea exacto. Pero hasta donde mi memoria tiene acceso, recuerdo que era de metal, aluminio me parece, negra con anillos plateados en los respectivos extremos. Utilizaba pilas tripe A. Era mi “objeto de transición” predilecto (ches psicólogos y sus terminejos), iba conmigo a todos lados, sobre todo a la hora de dormir. No sé si les he contado, pero creo que llevo mucho tiempo extra en este mundo.
No, no soy un vampiro, pero ya van tres, me parece, ocasiones en las cuales mi muerte ha sido bastante tangible. La primera, me parece que se remite a esta lamparita. Era entonces hijo único, viviendo en un departamento, grande, pero sin otros niños, en una ciudad como lo es la Ciudad de México, en una colonia más bien de quinta. Debo decir que yo no pasé penurias.
Pero he de aceptar que hoy en día, no viviría en una colonia como en la que entonces viví. Aunque de ello dependiera mi trabajo. Y comentaba que era hijo único, y como mis padres trabajaban todo el día, me la pasaba mucho tiempo solo. Creo. No me quejo, podía ver la tele todo el día, brincar en las camas, comer cuanto confleik quisiera. Comida y entretenimiento no faltaban en mi hogar de entonces.
Dado que no tenía mucha vigilancia de adultos, y curioso que es uno, que se me ocurre quitar un foco de su respectivo socket y meter mi lamparita en el hueco resultante. ¿Por qué motivo habría de hacer eso? ¿Falta de emoción en mi vida? ¿En realidad es que soy un suicida inconsciente (desde entonces)? Pues aun hoy día no tengo una razón lógica que justifique mi actuar.
En términos técnicos, hice un corto circuito. Con 120 Volts de corriente alterna y sabe cuántos Amperes. Lo peligroso de la electricidad, no es el voltaje, si no la corriente. Me parece que más de 20 mA (un mA es la milésima parte de un Ampere) aplicados directamente al corazón, es mortal. Y la corriente alterna de las casas es por mucho, superior a esos 20 mA. Aunque también no es que lo fuera a recibir directamente, no, primero se distribuiría en todo mi cuerpecito. Sí, de ese entonces. Y no es tampoco que tuviera mucho cuerpo, era yo más bien flaco, enclenque. Mucho tiempo lo fui.
Ahora soy el flamante poseedor un “puerquesito”.
Y hablo en pasado, porque aunque el corto circuito ocurrió, tan ocurrió que mi lamparita quedó dañada. Una especie de verruga de metal en el sitio de contacto con el socket fue el resultado de ese evento. Pero por alguna razón técnica que desconozco, la descarga eléctrica no paso por mi cuerpo. No, no creo que diosito, que debe estar muy ocupado ahora como entonces, haya mandado a uno de sus ángeles con espada flamígera en mi auxilio.
Más bien conjeturo, y esta es una buena conjetura, que mi lamparita tenía de alguna manera, una estructura “aislante”. Es decir, que el corto pasó por una parte de la estructura y yo la sostenía por la otra parte, de tal suerte que era como si yo la sostuviera de manera “remota”. Es un poco difícil de explicar, pero es como los cables, el de su computadora, por ejemplo, aunque la conectan a la toma de corriente, no se electrocutan porque la parte donde la toman esta “aislada” de la parte de metal. Algo así debió tener mi lamparita.
Mi primera reacción fue de miedo, miedo a mi señor padre, ya me imaginaba la cagadota que me iba a poner (y el respectivo castigo corporal en mis entonces tiernas nalguitas). La verdad no recuerdo si le dije, se dio cuenta, o se dio cuenta pero se hizo wey. Tampoco recuerdo haber sido castigado. O la madriza estuvo muy buena que aun hoy día sigue en lo más profundo y oscuro de mi inconsciente o no existió tal. Yo me inclino por lo segundo. Y es que eso es lo malo de tener un yo fuerte, difícilmente puedes caer en una psicosis o en una disociación de la personalidad. Eso sí, soy muy neurótico, y eso refuerza mi creencia en un yo propio muy fuerte.
¿Por qué me acorde de ese evento tan particular en mi vida? Por la violencia que vivimos en la actualidad. Y es que, como les narro más arriba, mi lamparita quedó “marcada” (vaya que sí) era una marca muy particular e irrepetible. En ese aspecto, mi lamparita era única. Así que deje de meterme con la electricidad y, no lo había comentado, pero mi lamparita seguía siendo funcional. Sólo cambio su “estética”, pero funcionaba como siempre funcionó.
Digo que la violencia que vivimos hoy en día me hizo recordar a mi lamparita porque hubo una ocasión, después del evento del corto, que olvide mi preciado objeto en el carro de mi papá. Ese día o unos días después, mi papá sufrió un secuestro exprés. No recuerdo muchos detalles, ahora que tenga la oportunidad le voy a preguntar que me cuente como estuvo esa vez. Hasta donde sé, lo anduvieron paseando en su coche, lo golpearon y le quitaron todo objeto de valor que le encontraron. Incluyendo mi lamparita.
Ya voy a la conclusión. Si supieran que no escribo pensando en hacer muchos párrafos, que se les puede resulta harto aburrido. A veces, como ésta, nada más salen. Resulta que unas semanas después, que en aquel entonces tomaba clases de natación y me desplazaba en los extintos ruta 100 (para que se den una idea de mi ruquez), me topé en el camión, con los asaltantes de mi papá. Ese día me llevaba mi tío a la clase. En el camión, que como ahora, iba hasta la madre, pero como nos tocaba tomarlo de base, pues íbamos sentados. En algún punto del trayecto, se subieron tres sujetos. No recuerdo francamente como eran, si parecían maleantes o no. Lo que sí recuerdo que uno de ellos traía mi lamparita en la bolsa de su camisa. ¿Cómo estoy seguro que esa era mi lamparita? Ya se imaginarán porque. Ahí estaba la inconfundible verruga producto de mi curiosidad.
Por supuesto que le dije a mi tío, que esa era mi lamparita, que se la fuéramos a hacer de pedo a esos cabrones. Estoy traduciendo a términos actuales en lenguaje adulto. No me acuerdo que le dije, pero seguramente así habría sonado. Para colmo y angustia de mi tío, había un par de policías trepados en el camión. La inocencia, caray. Aquí el mapa mental: Yo, inocente y puro niño, seguro de que esa era mi lamparita, acompañado de una figura de autoridad y protección (que iba yo a saber que uno no se anda haciendo de pedo a los delincuentes, por mucho que la razón y la justicia estén de nuestro lado) y con la policía a escasos metros. En mi mente, era ir con los policías, decirles que esa era mi lamparita y que lo podía demostrar, que habían asaltado a mí papá, para que en el acto metieran a la cárcel a esos tipejos. Y de paso, recuperar mi lamparita.
La verdad no sé cómo pudo mi tío contenerme, yo estaba convencidísimo de mi plan. ¡Estaba fácil! Por supuesto que no hablamos con los policías, claro que ni de chiste nos dirigimos con los pelafustanes esos, y claro, nunca más volví a ver mi lamparita.
¿Qué probabilidades habría de que me encontrará con mi lamparita en una ciudad tan grande como lo es la ciudad de México?
Supongo que mi tío o yo comentamos lo ocurrido, porque poco tiempo después recibí otra lamparita. Ya no me gustó. En primera porque ésta era de plasticote (ese nada más me gusta cuando moldea cierta parte de la anatomía femenina), era transparente, y nada más utilizaba una pila. Además, ni alumbraba y tenía ese pedazo de metal para usarlo como llavero. Por eso creo que mi papá si supo de mi encuentro con la electricidad, ya no me regaló una lamparita de metal. Afortunadamente ese objeto de transición cumplió su cometido, y aquí estoy, neuras, pero funcional.

El último día de mi vida (II y final)

Advertencia: El contenido del siguiente texto trata sobre el suicidio, desde mi punto de vista, por lo que no es la opinión de un experto y...